martes, 11 de enero de 2011

NÁPOLES Y LA COSTA AMALFITANA. DESMITIFICANDO CAPRI...


Uno de los viajes más bonitos por Europa que he hecho ha sido a Nápoles y la costa amalfitana. Es un viaje perfecto para hacerlo por tu cuenta, volando hasta Nápoles, y una vez allí, visitar esa ciudad y toda la zona, a lo largo de la costa (unos 100 km.). Digo lo de visitar la ciudad porque no hubo español que nos encontráramos allí que no nos dijera "Volamos hasta Nápoles pero sólo nos quedamos a dormir, eh?,  y al día siguiente Amalfi, Capri, Pompeya, y vuelta a Nápoles, pero visitarla, para qué?.

Pues porque NÁPOLES es una ciudad bellísima, caótica, y decadente (absténganse obsesionados por las ciudades ordenaditas como París), y por ende, auténtica. Tiene un puerto impresionante, desde el cual se vislumbra en el horizonte el Vesubio, Capri..., con un paseo marítimo (en italiano lungomare, precioso nombre) muy animado, uno de los museos arqueológicos mas bonitos (el edificio en sí es digno de ver) e importantes del mundo (es museo nacional y casi todo lo que se conserva de las casas de Pompeya se encuentra allí), una galería comercial con el techo acristalado parecidísima a la Vittorio Emanuele de Milán, y calles estrechas con la ropa calada de mil colores colgada en los balcones, como las que puedes encontrar en Marsella o en Lisboa. No puedes dejar de ver la cantidad de edificios bonitos,  plazas, iglesias, el Duomo, por supuesto, el mercado, y el Palazzo Reale que , como el resto de la ciudad, tanta influencia española tuvo. De hecho,  este palacio se construyó para una visita de Felipe III que jamás tuvo lugar.
             



De POMPEYA, sólo diré que es imprescindible, y que te deja sin sentido. Te preguntas cómo es posible que en siglo IV antes de Cristo tuvieran bares, teatros, anfiteatros, casas delicadamente decoradas, como la Villa de los Misterios, lupanares perfectamente organizados con sus camas de piedra, panaderías, etc...y siglos después quedáramos en la más absoluta oscuridad...En las fotos que adjunto , y que no hacen justicia al lugar, os muestro algunos ejemplos de la belleza de las casas. Zapato cómodo imprescindible.




SORRENTO y su península, encantador y delicioso, si no te molesta estar viendo el vasto mar, para conformarte con bañarte pegadito a la orilla, y después estar sentado en un trocito de roca minúsculo. Como sabéis esa costa es muy escarpada y no hay prácticamente playas con arena, pero una zona ideal para hacer pequeñas excursiones con el coche hasta llegar a caminos accesibles sólo a pie. Vistas indescriptibles.


Llegamos por fin a CAPRI. He de decir que me encantó. Aún no ha llegado el día que pueda yo afirmar que no me haya gustado una isla del mediterráneo...aunque creo que me encantó justo por lo contrario de lo que a la gente le subyuga de la isla, esto es, las tiendas de lujo y el ambiente ultrapijo que se destila en la miniplacita del pueblo, que da a una calle estrechita con multitud de marcas de lujo, que te hacen pensar que estás en Florencia o en París o en una Ibiza venida a más, mercantilmente hablando. Cierto es que muchas personalidades  y personajes pasaron temporadas allí, como Neruda, o el barón Fersen, pero el pasado, pasado está, por lo que superado ese flash glamouroso, coge una mochila, y ponte a caminar. La ruta hasta llegar al Arco Natural es una maravilla. Unas casas blancas, sencillas, con unos jardines de limoneros, buganvillas, palmeras y pinos, un horizonte que se curva ante ti, los famosos Faraglioni, imponentes, y para los cinéfilos, el privilegio de poder ver, desde no mucha altura, la casa Malaparte (con la forma de la hoz y el martillo), donde se rodó "El desprecio" de Godard. Si te quieres permitir el lujo de dormir allí, tú mismo, yo desistí. De todos modos, está a 15 minutos en ferry desde Sorrento (también puedes llevar el coche, pero es inútil, te saldrías con él de la isla seguro).


AMALFI me conquistó el corazón. Por el hotel en el que me quedé (el pequeño lujo que me di), que fue el Grand Hotel Convento de Amalfi (de la cadena NH), un antiguo convento de capuchinos pegado a una pared de roca escarpadísima, como si de un trampantojo se tratara, y en el como ejemplo de los detalles del hotel, diré que un pastelero sube cada mañana a hacer los dulces del desayuno...(muchos de ellos, como en el resto de la zona, a base de limón), hummm, no hablo más. El pueblo, una maravilla en todos los sentidos, una catedral empotrada en medio de la plaza, en mármol verde y blanco con una gran escalinata, tiendas de artesanía de papel de algodón que se elabora allí mismo, con grabados preciosos, si hoy alguien aún escribe en papel, no os lo podéis perder (yo cargué), Andrea Pansa, la chocolatería de toda la vida, que hace unos caramelos de limón y de chocolate rellenos de limoncello que te puedes morir, y una gente realmente encantadora.



Se podría pensar que está la zona más o menos cubierta, pero no. La joya del viaje me esperaba, como suele ocurrir, al final del camino. Había leído en algún reportaje que era muy bonito, pero no sé por qué, está completamente alejado, si no de las rutas turísticas, sí, al menos, de los viajes organizados. Es un pueblo llamado RAVELLO, muy pequeño, a 300 metros sobre el nivel del mar. Plagado de edificios bellísimos, con azulejos árabes, un duomo pequeño con un museo diminuto pero digno de ver, y dos villas, Rufolo, y Cimbrone, con unos jardines y miradores y unas vistas sobre el mar, que, hacen la visita imprescindible. Pura exquisitez. Tuve la suerte de encontrar allí a una señora encantadora que comenzó indicándome alguna cosa y acabó ejerciendo de guía improvisada y acompañándome  durante un largo paseo en el que me iba contando la historia del lugar. Un cielo de mujer que toda la vida veraneó allí, y recordaba con nostalgia la época en la que Jackie Kennedy pasaba allí sus vacaciones.




En fin, si te gusta el mar, la autenticidad de las ciudades vividas, descubrir rincones bellos a cada paso, calas desiertas, el chocolate,  los dulces al limón, el limoncello, y el bullicio propio de Italia con sabor mediterráneo, es tu lugar.